Entrevista a Juana, alcohólica anónima

Catalina de Erauso | Entrevista a Juana, alcohólica anónima

Juana tiene 63 años y tres hijos con su pareja. Estudió medicina y ejerce como médico en la actualidad. Una voz tranquila que inspira confianza y calma a quien la escucha. Con este perfil, resulta casi inverosímil que Juana haya tomado la decisión de contar su periplo cuando el alcohol se adueñó de su voluntad. Se requiere mucha entereza psíquica para narrar una biografía singular, abrir un libro para que pueda leerlo todo el mundo. No es como el acto de confesión en un confesionario cuyos detalles no saldrán del minúsculo habitáculo. Es desnudarse y no sentir vergüenza. Pasó 10 años bebiendo y en algún momento pudo salir del túnel. Ella cuenta su historia con el alcohol desde el corazón porque afirma una y otra vez que el alcoholismo es la enfermedad de la soledad. A ratos, se emociona. Los datos objetivos poco importan: son como alfileres que sujetan una tela sin coser en un panel. Se pueden retirar y pinchar en otro sitio para que la sujeten de otra forma. Lo realmente importante es, cómo esas vivencias forman, transforman y deforman la psique de un ser humano hasta que el afectado sienta que nadie le quiere y está solo e indefenso. Iguales vivencias no desembocan en iguales problemas. Es muy revelador que Juana repita hasta la saciedad que quería irse. ¡Qué eufemismo! Como si la elección de una palabra como “irse” pudiese embellecer el trance que el acto de suicidio supone. Pero disminuía el matiz dramático de la muerte para su forma de razonar en aquel momento. Por eso, no le daba miedo irse. La acompañaba su leyenda. La habilidad para escoger palabras casi vacías de contenido para expresar sentimientos encontrados no es única de Juana, es de todos los alcohólicos. Forma parte de la estrategia para construirse un relato coherente, como un castillo de naipes. A nada que alguien de fuera estornude sin querer, se desmorona sin ruido. De ahí, la resistencia de muchos alcohólicos a que las personas de fuera cuestionen su fábula. Son unos verdaderos artistas en negar lo de “al pan, pan y al vino, vino”. Basta con decir que lo primero es alimento y lo segundo líquido, ambos necesarios para la supervivencia humana. Con estas dos palabras se justifica su consumo. Con el uso continuado de esta táctica, se engañan a sí mismos una y otra vez.

Con este preámbulo y antes de entrar de lleno en su historia, conviene aclarar qué se entiende por alcoholismo. Esta definición está escrita para que la entienda todo el mundo. No aspira a tener rigor científico.

¿Qué es el alcoholismo?

El alcoholismo es una enfermedad incurable, progresiva y mortal reconocida por la O.M.S. El alcoholismo es una adicción igual que la adicción a la heroína o a la cocaína. Esto implica que una borrachera es una sobredosis de esa sustancia de la que se depende. La resaca del día siguiente es la consecuencia de la intoxicación por el alcohol. El abuso continuado del mismo conlleva graves secuelas físicas y psíquicas. Es una enfermedad crónica que afecta incluso a los alcohólicos que dejaron de beber hace años. El cerebro tiene memoria y el alcohólico puede sentir la tentación de volver a beber. La recaída es peor que la iniciación. Se es alcohólico toda la vida y es imprescindible estar vigilante constantemente.

En lo que sigue paso la palabra a Juana, que es la protagonista.

De consumir alcohol a ser alcohólico

Es difícil decir cuándo se pasa de beber alcohol por placer a hacerlo por necesidad y se convierte uno enl alcohólico. Para poner una comparación, se puede determinar cuándo alguien es diabético por el nivel de glucosa en la sangre, pero no hay un test para determinar si alguien es alcohólico. Yo diría que se debe considerar a alguien alcohólico cuando el consumidor se perjudica a sí mismo y a su entorno familiar o social por consumir grandes cantidades de alcohol. Pero, ¿cómo sabemos que con determinados comportamientos se perjudica uno a sí mismo si los mismos comportamientos no ocasionan ningún daño en otra persona? Es imposible de saber en el momento en el que ocurre. Esta reflexión la hacemos siempre a posteriori porque cuando uno está metido en la vorágine del alcohol, no es consciente de que tiene un problema. Como mucho, se da cuenta que consume más alcohol que su entorno, pero no ve ningún perjuicio. En mi caso, no bebí alcohol hasta muy tarde. Tenía 31 años cuando comencé y no hubo un detonante como en otros casos. Hay gente que empieza a beber porque ha sufrido una desgracia en el ámbito familiar o ha perdido el trabajo y le aplasta una hipoteca grande. Yo había terminado la carrera, tenía trabajo, tres hijos pequeños, una pareja que me quería y la vida solucionada. Era una privilegiada. Un día probé alcohol y me gustó. Y continué por ese camino. Después de muchos años y habiendo recuperado la sobriedad, me pregunto por qué empecé a beber. La única respuesta que encuentro es que sufría de baja autoestima que no era nueva en ese momento concreto y tenía una personalidad muy frágil. ¿De dónde venía esa falta de autoestima? Posiblemente, la arrastraba desde mi niñez por mi origen humilde. Era la más pequeña de mis hermanos y tuve la oportunidad de estudiar medicina en Salamanca con una beca. Estuve 5-7 años muy lejos de los míos. La lejanía no me afectó tanto. Pero sí el estrato social en el que me vi inmersa y del que venían la mayoría de mis compañeros y compañeras de carrera. Los fines de semana, venían los padres de compañeras adineradas a buscarlas. Ellas contaban que eran hijas e hijos de abogados, médicos, notarios, etc. Que sus padres tenían una reunión muy importante en Madrid y se encontraba con alguna persona o cargo de todos conocido. Ellas llevaban unas ropas, zapatos y bolsos que yo no me podía permitir. Me sentía menos. Me imaginaba qué aspecto tendría yo con esas ropas. Mi fantasía volaba. Al palpar que no pertenecía a ese grupo social, me negué a hablar de mi familia. ¿Cómo iba a hablar de mi familia? No podía decir que mi padre era pastor y mi madre una simple ama de casa. Ambas profesiones eran sinónimas de analfabetismo. No podía decir que mis hermanos no habían estudiado. Y si yo estudiaba con una beca, era porque mis padres y mi familia desconocían la opulencia. Tener una beca era sinónimo de ser pobre en aquellos tiempos. No era un crimen, pero sí entrañaba un estigma, un sambenito. Negarme a hablar de mi familia era para ocultar mis orígenes humildes. Por eso, mis únicas amigas en la carrera fueron otras becarias. Yo me sentía diferente a la mayoría de “hijas de buena familia”. Era autosuficiente y prepotente. ¿Quién marcó las distancias? No sé decirlo. Mi origen fue una carga durante mucho tiempo. Me resultaba difícil gestionar mis sentimientos ante determinadas situaciones en la universidad. Mantener el decoro social cuando el corazón se llenaba de rabia, asco, angustia e impotencia era un ejercicio en la cuerda de equilibrios. Construí una muralla y me acostumbré a defenderla para proteger mis orígenes humildes pero dignos. “No hablo de mi familia” espetaba a cualquiera. Sólo cuando aprobé todas las asignaturas, me dije para mis adentros que yo había aprobado todo mientras que muchas de mis compañeras no lo habían logrado a pesar de tener pedigrí. Que pronto ellas estarían en casa fregando y haciendo la comida y yo saldría adelante. Era la satisfacción por el desagravio sufrido. Después de esta larga lucha, gané la carrera de obstáculos y otras no llegaron a la meta. Pero esta marca de pobre y de familia de analfabetos roería mis entrañas mucho tiempo más.

En medio del túnel

No hubo rito de iniciación al alcohol en mi caso. El alcohol estaba en todas partes y mucha gente lo consumía en mi entorno, aunque en mi familia no se hacía. Me acuerdo una vez que muy al principio de empezar a beber había salido y cuando volví a casa estaba ya muy alegre. Al llegar a casa le comenté a mi pareja que “estaba chispita”. Los dos nos reímos porque era algo nuevo en mí. Reírse es parte de la complicidad de una pareja que tanto une. Todo normal. El consumo de alcohol fue a más. Lo que empezó como una travesura se convertiría en un infierno. Al principio consumía alcohol en mi vida social, esa parte de la vida tan arraigada en el ser humano. El hombre es un animal social. Salía con mis amigos e iba catando los diferentes sabores de las bebidas alcohólicas. Sabores, a veces, sublimes. La ingesta de alcohol en grupo es, además, doblemente reconfortante. Al desinhibirse uno, se sabe más chistoso, cuenta anécdotas y los demás se ríen, y uno se ríe a carcajada limpia de las ocurrencias de los otros. Me sentía feliz porque muchos me habían etiquetado en el pasado como “la chica de los ojos tristes”. Parecía que, gracias al alcohol, me había desecho de ese sambenito. Tal vez, ese elemento lúdico contribuyó a que el consumo de bebidas alcohólicas fuese a más. De cualquier forma, fue un aumento casi imperceptible pero paulatino. Todo el mundo recuerda la sensación inmediata que se tiene después de beber alcohol. Es una sensación placentera y de calma. Y cuando la cantidad no es tan grande, no hay resaca al día siguiente. Por lo tanto, en algún momento que no recuerdo, empecé a beber con ese fin. Con el objetivo de calmarme. Quizás había vivido alguna situación que me disgustó aquel día y con un trago de alcohol lograba calmarme para poder reflexionar después sobre lo sucedido. A veces era beber sin pensar lo que podría ocurrir después, solo por saborear otra vez un determinado sabor. Otras veces porque intuía que tendría que enfrentarme a alguna situación incómoda aquel día. Un trago de alcohol me serenaba un rato. Cuando ese efecto desaparecía, descubrí que si bebía otro trago se aliviaba mi angustia. A partir de ese momento, el alcohol tomó control sobre mí. Ya no era dueña de mí misma. El alcohol me fue dominando poco a poco. Yo no lo noté hasta cuando ya era presa de él. El alcohol me robó mi capacidad de decidir. No tomaba decisiones libremente. Vivía para beber. Quiero subrayar que uno no se da cuenta de que es alcohólico durante mucho tiempo. Se entera de que lo es escuchando a otros, por ejemplo, en Alcohólicos Anónimos. Y este es el principal escollo para atajar esta enfermedad. Estuve bebiendo 10 años y en el transcurso de ese tiempo intenté suicidarme varias veces.

La mentira

Diez años son mucho tiempo. Y lo que me sigue sorprendiendo de mí misma es cómo gestionaba yo el día a día para poder seguir bebiendo. En primer lugar, el bienestar económico de mi familia no dependía solo de mí. Mi pareja también tenía empleo estable y no pasamos por apuros económicos. Yo podía pagar el alcohol que consumía, pero esta nueva diversión hizo mella en las redes sociales en las que me movía. Cuando hay un problema de alcohol, en algún momento el entorno lo percibe. Y si el entorno pregunta, el alcohólico lo niega. El alcohólico es un mentiroso compulsivo que hilvana sus mentiras con una habilidad poco habitual. Yo también mentía. Había días en los que no contaba ni una sola verdad. Yo misma era una mentira. Todo valía para seguir bebiendo. Me acuerdo que un día pedí dinero, 150 € a un compañero de trabajo porque las cuatro ruedas del coche estaban pinchadas. ¿Había sido un atentado o una amenaza? No. Las había pinchado yo misma para que mi relato tuviese credibilidad en mi entorno. Otras veces, iba con dos horas de antelación al trabajo. Me había levantado y ya había tomado dos copas. Era para no beber más. Me acuerdo otra vez que llamé muy temprano por la mañana al trabajo para decir que no iría aquel día porque habían intentado forzar la puerta de mi casa y estaba esperando al cerrajero. Para que también mi familia creyese ese relato del forcejo, arañé la puerta de mi casa. Y les dije que la botella de whisky de la despensa la habían robado los cacos. Inventar falsedades para ocultar algún trance debido al alcohol absorbía mucho tiempo al principio, pero con el tiempo una se vuelve toda una experta y sabe tejer una mentira en un santiamén. Si tenía algún trance o situación tensa en el trabajo se lo achacaba a la enfermedad de mi hermana. Coincidió que mi hermana tenía cáncer en esa época. Yo atribuía mis cambios de humor al estrés de tener que gestionar el drama de una hermana enferma. Esa mentira me funcionó mucho tiempo en mi trabajo. Para salir a beber a toda costa, inventaba toda suerte de cuentos. Por ejemplo, le dije una vez a mi pareja que habían llegado unos médicos de los EEUU y tenía que acompañarlos en una salida nocturna. Llegó un momento en el que el número de historias truculentas había aumentado tanto que mis familiares y amigos empezaron a cuestionarlas. Además, las personas adultas suelen oler el hedor que despide el cuerpo de alguien que ha tomado mucho alcohol y suelen sacar sus conclusiones. El cúmulo de historias esperpénticas que contaba hizo sospechar sobre la veracidad de las mismas a muchas personas de mi entorno más inmediato y me mostraron su incredulidad. Otras personas no las cuestionaron abiertamente, pero intuía que no me creían nada de lo que decía. Pero la capacidad de mentir va unida a una fantasía desmesurada que le permite a uno tejer una historia plausible en un santiamén. Lo peor de todo es que uno mismo se inventa las historias y se las cree. Desde niña había escrito una especie de diario que continuaba escribiendo cuando me volví alcohólica. Y cuando llegué a unas 50 cuartillas se las enseñé a alguien que me dijo que lo de escribir se me daba bien. Este halago fue el trampolín para creerme que podría dedicarme a la escritura, que se venderían mis libros y que, tal vez, lograría el premio Nobel. ¡Pobre de mí! Cuando estaba borracha y me miraba al espejo, veía a otra persona totalmente distinta, con unos ojos hermosos y una piel tersa, a pesar de que estaba demacrada. Lo sabía porque veía el cambio físico cuando me miraba al espejo estando sobria. O contaba por ahí que había viajado a países recónditos para atraer la admiración de quien me escuchaba. Era como la euforia después de beber alcohol. Esas fantasías me mantenían a flote por cierto tiempo. El entramado de mentiras que había urdido me funcionó mucho tiempo porque mi ámbito familiar, el laboral y el social estaban perfectamente disociados. Nadie de mi familia se movía en mi entorno laboral. Ni ningún compañero de trabajo se codeaba con ningún amigo mío. No obstante, la pérdida de control sobre mí misma era cada día más palpable para mi entorno familiar y también para mí. En algún momento, se desmoronó ese amasijo de mentiras como un castillo de naipes. En la actualidad, me sorprende mi capacidad de tejer un relato falso y creérmelo yo misma. También me engañaba a mí misma cuando estaba en un bar y tomaba algo. Empezaba a pensar que no me pasaría nada si tomase otro trago. Y al final, resultaban muchos tragos. Primero me exculpaba y después pecaba. Un círculo vicioso aterrador.

Cambio de personalidad y rechazo social

Las grandes cantidades de alcohol que tomaba a diario repercutieron negativamente en mi salud y también en mi personalidad. Adelgacé mucho porque no comía y estaba demacrada. Se suele decir que la cara y los ojos son el espejo del alma. Pues mi cara delataba que algo malo pasaba en mí. Además, el cambio de pronunciación cuando una está borracha es perceptible. Todos estos cambios no pasaron desapercibidos a mi entorno. Quien me conocía de antes sabía que yo no hablaba así. Antes de empezar a beber era una persona alegre, afable y sociable. Después me convertí en faltona, contestona y huraña. Estos cambios bruscos de comportamiento son lo que peor llevó mi entorno. En concreto, mi pareja

empezó a investigar mis andanzas para comprobar lo que hacía en mis ausencias. Al tener la certeza de que iba a beber, me dijo en una ocasión que el alcohol nos había separado. A punto estuvimos de separarnos. También mis hermanos me retaron a hablar sobre lo que me pasaba. Al ser familiares muy cercanos, no se anduvieron con chiquitas. Me dijeron claramente que el problema era el alcohol. Mi reacción fue romper con ellos. No hablé con ellos durante años. En cuanto a mi trabajo, la reacción no pudo ser peor. Como mis compañeros sabían que mi hermana tenía cáncer, achacaban mis altibajos de humor y el consumo de alcohol a ese trance familiar. Además, les conté que me maltrataban en casa. Siempre que había tensiones en el trabajo, ellos entendían mi comportamiento e intentaban ocultarlo ante la jefatura. Pero llegó un momento en el que no fue posible y tuve que responder a ciertas preguntas. Me mandaron a casa a recuperarme. Ya muy al final, mis hijos no eran tan pequeños. Tenían 14-15 y 11 años. Tampoco ellos me creían las historias que les contaba. Empezaron a mostrarme su rechazo no besándome cuando venían o se iban. A pesar del rechazo social creciente, yo seguía empecinada en que el resto del mundo era culpable. Que ellos no me entendían. La culpa no la veía en mis comportamientos. Los lazos de amistad y de familia se basan sobre la verdad. Las continuas falsedades hicieron que las relaciones familiares y sociales se deterioraran enormemente. Cuanto más empeoraban las relaciones, más me recluía en mí misma y no me importaba beber sin miedo. En algún momento, di el salto de beber en grupo a tragar alcohol a solas. No se te alejan tus amigos y tu familia. Te alejas tú de ellos. Para mí, es la enfermedad de la soledad. Nadie me ayudaba. Pero ¡ojo!, tampoco yo pedí ayuda. Pedir ayuda hubiese significado que reconocía tener un problema. En esta tesitura, a veces busqué cariño en personas que había conocido aquel mismo día. No iba con la intención de poner cuernos a mi pareja. Pero el estado de desesperación desembocó en infidelidades. Primaba sentirse querido un momento. Me sentía indigna después. Fui infiel a mi pareja, a mis hijos y a mi familia. Pero desde la lógica de una borracha, mi pareja, mis hijos y mi familia no me querían.

Algo que, en mi opinión, es terrible cuando se es alcohólico y es la amnesia. Hay muchas vivencias que han desaparecido de mi memoria. No es solamente que hayas olvidado dónde aparcaste el coche. Es que a veces ni te acuerdas dónde has estado, con quién ni cuánto has bebido. Es terrible que te pregunten sobre algo que has hecho o dicho y no te acuerdes ni de que pasó. Sentí vergüenza muchas veces porque me preguntaron que por qué la hija de una persona no estaba apuntada en cita previa. Al parecer, les había prometido apuntarla y no lo hice. No me acordaba ni de quién era esa persona. En contrapartida, me acuerdo de muchos detalles. Pero son, seguramente, detalles de cuando estaba sobria. Me acuerdo perfectamente que llevaba un abrigo marrón cuando fui por primera vez a Alcohólicos Anónimos.

 La recuperación

En todos los años que bebí, sí me di cuenta de que tenía un problema con el alcohol. Intentaba autosugestionarme para dejarlo. Lo dejaba o reducía el consumo y volvía a beber como un carretero. Incluso estuve un año sin beber, pero estaba amargada. Volví a las andadas. Me acuerdo perfectamente que acudí a Alcohólicos Anónimos el 11 de febrero. El día 9 me pillé una borrachera descomunal y me puse a pensar que había dos opciones: o suicidarme o ir a Alcohólicos Anónimos. Llamé al día siguiente y dejé una nota en el contestador automático llorando. Estaba tan ansiosa que, si no me hubiesen llamado en esa misma jornada, habría hecho cualquier cosa. Me llamaron ese mismo día. Había oído hablar de ellos. No fui a la sede de mi pueblo porque me producía espanto que alguien me viese entrar al local o acudiese al lugar alguna persona que me conociese. Me recibió un chico joven y me dijo en la entrada que había una mujer en el grupo y que hoy no estaba. Me mintió. Era un grupo de 36 hombres y yo era la única mujer. Comenzó la sesión y cada uno iba contando experiencias de su vida privada. Como era el primer día, permanecí callada. Al escuchar los relatos, me pareció que yo no encajaba en aquel grupo. Que mi caso era distinto. Salí del lugar y una semana después me emborraché otra vez. Al poco tiempo, tomé la decisión de acabar con el alcohol. Esa vez fui a la sede de AA en mi pueblo. Me armé de valor por si alguien me conociese. Pasé un año diciéndome a mí misma que yo no era alcohólica. Que tenía algún problema menor con el alcohol. Un año de negación. Es cuando uno asume que es alcohólico que puede empezar a atajar el problema. Antes no. En AA me recibieron con las manos abiertas. Cuando conté mi historia, nadie me juzgó. Eso me agradó mucho. Mi entorno me juzgaba constantemente. Desde el primer momento, me asignaron un “padrino” que era la persona a la que tenía que acudir cuando tuviese un problema. Además, me dieron varios números de teléfono a los que podía llamar día y noche. No olvidemos que se es alcohólico día y noche. Todas estas personas, también alcohólicas, te ayudan a superar síndromes de abstinencia peligrosísimos. Solo ellos pueden ayudarte porque conocen de primera mano la ansiedad que se siente cuando se tiene mono. Antes de ir a AA, pasé por psicólogos y psiquiatras. No pudieron ayudarme. La ansiedad e impotencia que siente un alcohólico la conocen de oídas o de los libros de texto de siquiatría. El alcohólico necesita una atención constante que encontré en AA.

*Juana es un nombre ficticio

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